Los materiales de “intervención”…

Hoy en día se comercializa, en exceso, material de trabajo para nuestras terapias. Desde mi punto de vista, no es cosa mala tener la posibilidad de disponer de una amplia gama de material para poder elaborar tareas de índole cognitivo y poder llevar a cabo una estimulación del paciente. Ahora, me parece peligroso que nuestro trabajo se quede solo ahí y se genere la tendencia a utilizar siempre los mismos materiales en la terapia del lenguaje y el trabajo se convierta en una rutina donde, finalmente, se trabajen aspectos poco relacionados con la iniciativa para la comunicación y la comprensión de mensajes nuevos.

Me encanta explorar nuevos materiales. Normalmente, lo utilizo para hacer acopio de ideas nuevas e intentar adaptarlos a mis pacientes.

No se me olvidará el caso de una paciente que apareció por nuestro centro bastante baja de ánimo después de sufrir su “accidente”. Presentaba una grave afectación del lenguaje que le impedía producir palabra alguna. La enorme frustración que sentía en cada intento de emisión oral le limitaba y hacía que evitase todo contacto. Como resultado de este problema, tenía ante mi a una señora que, tras varios años de evolución de su dificultad, había arrojado la toalla en sus intentos por mejorar. No tardé en darme cuenta del efecto que tenía la presentación de cualquier material de trabajo en su ánimo. De hecho, me sorprendió enormemente la emergencia del mensaje tan comunicativo “otra vez, ufff…”, inesperado dentro de su supuesto “mutismo”, cuando le presenté un conocido material de imágenes reales para observar su reacción.

Le propuse realizar las cosas de otro modo y eliminar de la terapia materiales que no le supusieran una mínima motivación. El material sería el entorno. Creo que en este caso, la exigencia de mi paciente era trabajar con materiales llamativos como los que se comercializaban en ese momento, con la salvedad de que los mismos debían de estar personalizados. Así obramos. Desde su entorno familiar me facilitaron todo un dossier de imágenes de toda su casa y objetos habituales, así como de su calle y lugares de frecuencia. Tenía ante mi todo el vocabulario en imágenes de mi paciente así como etiquetas semánticas para todo su léxico. No siempre tienes la oportunidad de disponer de esa herramienta en tus tratamientos, o tal vez si.

Durante días posteriores elaboramos diferentes láminas con las fotografías, las clasificamos de diferentes maneras y aprovechábamos todo mensaje oral que emergía cargado de significado. Recuerdo que proyectar en la pared a gran tamaño todo ese material le encantaba. Sonreía. Al poco tiempo, la hija de la paciente me comentó que habían comenzado a surgir mensajes orales con cierto sentido en determinadas situaciones. Fue bonito comenzar a perseguir un objetivo de trabajo en su entorno y poder colaborar en la búsqueda de nuevas metas funcionales. Fue bonito por colaborar en la creación de pautas para favorecer la comunicación en casa. Otro día irrumpió en mi consulta con la fotografía de su oficina donde aparecían todos sus compañeros. Lo interpreté como un claro ejercicio de acceso al léxico por su parte a través de estrategia de compensación.

¿Valió la pena tanto trabajo a la hora de elaborar el material necesario para la terapia para conseguir tan solo un puñado de frases con significado, alguna leve iniciativa de aportar nuevo material a la terapia y cientos de sonrisas?. La respuesta siempre será un sonoro SI.

La capacidad de poder introducirnos en el diccionario individual de cada persona y poder ayudarle a usar sus capacidades para comunicarse del modo que sea es lo que hace que adore mi profesión cada día más.

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El puzzle

La palabra puzzle, a veces, tiene connotaciones negativas dentro de nuestro lenguaje hablado. A mi modo de verlo, creo que es una palabra que denota un fin constructivo y que lleva implícito la consecución de una meta previamente planificada.

Antes de comenzar un nuevo tratamiento me gusta planificar con la persona la dirección que llevará dicho tratamiento y, por tanto, hago uso de esta palabra, a modo de símil, para dejar claras las directrices del trabajo con queremos comenzar.

Desde mi punto de vista, considero que todo el mundo tiene una imagen de sí mismo. En esa imagen no sólo tiene cabida la imagen actual de uno mismo sino que, también, aparecen nuestras aspiraciones y planes futuros que conforman una imagen de nosotros en el futuro. Según nuestra vivencias vamos cambiando esa imagen a nuestro antojo; de hecho, creo que tenemos una potente habilidad para ir modificando esa imagen siempre que queremos, haciendo uso de nuestras propias herramientas. Creo que cuando alguien sufre un accidente neurológico esa imagen se ve alterada, a parte de otras muchas cosas. Se rompe en mil pedazos y se modifica totalmente pero sigue ahí. Nuestros planes, nuestras motivaciones se encuentran ahí. Ahora esa visión panorámica de nuestra vida se ha convertido en un puzzle de mil piezas.

Las únicas herramientas que necesita una persona para poder construir un puzzle están dentro de si. En ese caso, tan solo necesitan ayuda para que alguien les motive y les facilite la iniciativa para poder buscar las piezas y darles la forma necesaria para que encajen y vuelvan a conformar una imagen nueva. El autoconocimiento y la potenciación del autoestima son clave en esta laboriosa actividad. Considero que la persona tiene las herramientas pero no las conoce del todo. En ese caso, me presento como un guía que ofrecerá las claves para ir proponiéndonos metas realistas encaminadas a dotar de funcionalidad sus acciones y mejorar su motivación lo máximo posible.

No me gustan nada las situaciones en las que los familiares del paciente te muestran su agradecimiento por haber obrado una mejora en sus capacidades. Siempre me ha gustado enfocarlo desde el punto de vista de que ha sido la persona la que, utilizando las herramientas que ya poseía pero no conocía, ha logrado salir adelante y enfrentarse a su nueva situación. La mayoría de las veces se nos olvida que el paciente lleva a cabo un duro trabajo dentro de “su”terapia y creo que debemos educar a su entorno y a toda la sociedad, en general, para que entiendan y refuercen ese esfuerzo.

el contacto

No puedo evitar ponerme algo nervioso cuando voy a ver a un paciente por primera vez. No solo es la incertidumbre sobre la situación que puedo llegar a encontrarme. Una de las cosas que mas me preocupa es mi primer contacto con esa persona.

Me encanta poder contar con información acerca de la vida de la persona previamente y poder hacerme un dibujo mental. A veces, imagino el tipo de vestimenta que solía llevar antes de su “accidente”, su mirada, su forma de andar y de moverse. Intento pensar en sus aspiraciones, en las cosas que podía tener en la cabeza en el momento anterior a que todo ocurriera. A veces pienso, cuando hago este tipo de cosas, que una parte de mi está pidiendo permiso para adentrarme en el mundo de la persona y permitirme el lujo de ofrecerle ayudas para encauzar mejor sus objetivos vitales.

Una vez tengo al paciente “real” frente a mi, el respeto me llena por completo. A medida que avanza mi vida profesional voy notando que cada paciente nuevo hace que surjan dentro mi un mayor número de planteamientos y dudas. Es curioso que a medida que haces acopio de más experiencias profesionales te vas sintiendo más ignorante en la materia.

El contacto, la primera impresión por su parte, siempre me preocupa. La lógica nos diría que lo primero es ofrecer un saludo cordial y presentarse. Dado que mis interlocutores, en este caso, suelen ser personas que sufren algún trastorno para entender o producir el lenguaje, normalmente evito usar un discurso muy largo y elaborado en mis presentaciones. Siempre tengo en la memoria uno de los momentos más bonitos en los que conocí a una paciente a la cual solo dirigí un /hola/, me senté a su lado y ambos nos quedamos mirando durante un buen rato comunicándonos a través de suspiros, onomatopeyas y ruidos corporales. Cualquier mirada indiscreta que nos estuviera observando se sorprendería de nuestro comportamiento pero ella siempre estuvo agradecida de ese inicio en el cual nadie le exigía adaptarse a situaciones sociales correctas y se le permitía expresarse con sus capacidades de ese momento (si yo viajara a otro país, teniendo en cuenta el pésimo dominio que tengo de los idiomas me gustaría que, al menos al principio, las personas que se dirigieran a mi no lo hicieran con palabras si no con gestos para darme la bienvenida). Aquello le relajó y me permitió realizar una avanzado screening sobre sus capacidades sin utilizar odiosos métodos estandarizados, con los cuales no hubiera avanzado en el tratamiento y nunca habría descubierto las ayudas reales que necesitaba (tanto ella como yo, dicho sea).

En miles de cursos de formación nunca me había explicado de manera tan clara la manera de dirigirse a un paciente como esa señora me estaba transmitiendo. Siempre diré que mis mejores terapeutas son mis pacientes, son terapeutas de si mismos y de todos los que les rodean. Desde aquel día mis primeros contactos con los pacientes, ya sean niños o adultos, se convierten en grandes experiencias sensoriales cargadas de emotividad. Descubrí que una sonrisa y un asentimiento valen más que mil palabras juntas.

logopedia y función

LOGOPEDIA Y NEUROLOGÍA

Cuando una persona sufre alguna patología relacionada con la deglución y/o la comunicación consecuencia de un daño cerebral, conviene planificar un tratamiento de intervención enfocado a recuperar un rol aceptable dentro de su núcleo familiar. A través de una disciplina como la Logopedia se cuentan con herramientas para trabajar las capacidades del paciente compensando los déficit que tenga y ofreciéndole las ayudas pertinentes.

Lo más importante es el paciente y alrededor de él debe girar todo el tratamiento. La implicación del paciente en la toma de decisiones a la hora de planificar metas funcionales en su vida es básica y debe contar con el apoyo total de su núcleo familiar. En este punto, la Logopedia también ofrece ayudas de intervención directas e indirectas.

Vivimos en la era de la comunicación. Cuando surgen problemas de lenguaje, bien de tipo expresivo o comprensivo, es importante realizar una buena valoración de las capacidades actuales, teniendo en cuenta todo tipo de antecedentes premórbidos, para poder esbozar las potencialidades con que cuenta el paciente y ver de qué modo puede hacer uso de las mismas para volver a comunicarse. Cada uno de nosotros somos únicos, por lo que no existen modelos que se puedan utilizar en todas las personas por igual. La individualidad en este tipo de tratamientos es fundamental y primordial.

Del mismo modo, la función de la deglución es de vital importancia. Cuando ésta se ve afectada se ponen en peligro tanto nuestra nutrición como nuestra hidratación. Desde la Logopedia se cuenta con herramientas que permiten valorar el estado actual de la persona y buscan llevar a cabo una nutrición e hidratación eficaz y segura. Llevar a cabo maniobras compensatorias y/o rehabilitadoras, según el grado de afectación, permitirán a la persona mantener un mejor control durante su deglución.

Mejorar la motivación, vencer la apatía, favorecer el movimiento son unos de los muchos objetivos que, además, la Logopedia puede lograr en el paciente. La intervención logopédica no se realiza de forma aislada, se realiza de forma conjunta como otros muchos profesionales con un único objetivo que es ayudar al paciente a adaptarse a su nueva vida, conocerse a si mismo y favorecer sus motivaciones.

La logopedia cuenta con infinidad de técnicas y medios para poder elaborar un plan de tratamiento eficaz que abarque diferentes capacidades.

Ser logopeda no solo es una profesión, es un modo de vida que te permite conectar con el paciente y ofrecerle una serie de ayudas que le facilitarán un poco más su día a día. Ser logopeda es una vía de comunicación con el paciente que le permite colocar mejor las piezas de ese puzzle de 1000 piezas que forma la imagen de si mismo.