El paciente no colabora….

Normalmente, suelo relatar historias que me ocurren en mi práctica diaria con pacientes. En esta entrada no se hablará de algún suceso dentro de mis terapias. En esta ocasión, os contaré una anécdota que me ocurrió conversando con otra terapeuta acerca de un suceso que le ocurrió digno de enseñaros a todos.
He de decir que me encanta debatir largo y tendido con otros terapeutas acerca de lo más simple del trabajo diaria porque es ahí donde descubres nuevos caminos para continuar con nuestro acompañamiento terapéutico.
Hablábamos acerca de una nueva persona con daño cerebral adquirido que había tenido el gusto de conocer en un ámbito hospitalario. Debido al periodo vacacional había conocido a su paciente días después que éste ingresara en su lugar de trabajo. Antes de ir a visitarle, decidió revisar los comentarios que existían acerca del proceso de valoración que estaban llevando a cabo sus compañeros de equipo para tener cierta orientación sobre el grado de afectación. En ese momento de la conversación, ambos recibimos la primera lección, la cual ya sospechábamos desde nuestros comienzos en las terapias: no siempre es adecuado etiquetar a nuestros pacientes con informes realizados por otros profesionales antes de conocerle, siendo mejor leerlos después de haberlo hecho para poder extraer conclusiones y, ahí, ser capaz de obtener la información que contiene dichos informes.
En fin, todos los comentarios coincidían en una cosa: “el paciente no colabora”.
Si atendemos al significado real de dicha palabra y no al que le dan muchos terapeutas cuando no saben entender los déficit de la persona que tienen delante, se podría llegar a entender que esa persona no quiere trabajar ni implicarse en el proceso terapéutico. Fijaos el valor que tienen nuestras palabras muchas veces.
A pesar de la advertencia, esa terapeuta fue a visitarle. Al entrar en su habitación adornada con flores, encontró a un señor, no muy mayor, mirando un televisor encendido con su mirada perdida y con cara de no tener muchas ganas de estar haciendo esa actividad. Esta terapeuta se sentó a su lado, le miró a los ojos y no dijo nada con palabras pero si mucho a través de comunicación no verbal (hemos debatido en infinidad de ocasiones acerca de la importancia de no hacer uso excesivo de palabras en personas con sospecha de problemas del lenguaje y lo puso en práctica). Este hecho produjo la respuesta inmediata por parte de ese señor de cogerle su mano, ponerse a llorar y expresarle una petición de ayuda a través de su mirada. Ese hecho había creado una respuesta que da mucha más información que todos los test que llevaban durante una semana pasando a ese señor. Ese sencillo acercamiento había generado movimiento y de ese movimiento se podían sonsacar ideas acerca de sus capacidades cognitivas. El mutista había conseguido expresar algo.
Creo que estaba bastante claro. Desde luego en aquel caso no se puede hablar de falta de colaboración. Muchas veces pecamos de poner ese tipo de etiquetas cuando carecemos de respuestas sin hacer uso de nuestra paciencia, ofrecer nuestro acompañamiento a esa persona y permitirle que nos exprese en que momento está a través de su cuerpo. Corremos ansiosos a poner un nombre a las cosas amparados por millones de test que nos dan la razón y si esos test fracasan y no nos permiten ver una solución nos hallamos perdidos y no sabemos que hacer. Creo que se vive más tranquilo sin las cadenas y grilletes de los test en procesos de valoración de determinadas personas.
Hablamos largo y tendido acerca de si había una herramienta terapéutica que pueda ser capaz de dar respuesta a la situación que había vivido. Sí la había. Se llama intuición, se llama experiencia, se llama humanidad. Ese conjunto de valores que nos permiten sentarnos al lado de alguien que necesita ayuda, quitarnos el disfraz de terapeutas y ofrecerle ayudas a través de esas herramientas que hemos ido recolectando a lo largo de nuestra experiencia.
Este señor tuvo la suerte de que en esa maraña de gente que le enseñaba imágenes, le hacía preguntas y decidía por él había una persona que se había preocupado de demostrar que allí había una persona deseosa de entender que le había ocurrido. Había encontrado una mano que le iba a permitir conocerse de nueva y empezar a conformar las piezas del puzzle que una mañana de primavera había perdido.